Su eterna protectora
Durante mucho tiempo, todos los días y a la misma hora, se
encontraba una niña bonita e inocente asomada en un ventanal.
Su madre siempre se había dedicado a obligarla a cumplir sus
obligaciones, sin darle cariño alguno durante sus catorce años; mientras tanto,
su verdadera madre había velado por ella a todas horas en secreto, cuidándola
con todo lo que estaba al alcance de su mano. Un día cualquiera, la niña se
dirigió al ventanal más alto de la casa, donde solía reunirse con su criada para
charlar y juguetear dándole forma a las nubes, usando la imaginación. Ni un día
cambiaron su postura habitual: apoyadas en el ventanal, una al lado de la otra,
rozando codo con codo. Cuando llegó, se percató de que, aquel día, allí no había
nadie esperándola, ni siquiera había nubes en el cielo. Todas se habían
esfumado con su queridísima criada, a la que nunca volvería a ver. Lo único que
consiguió averiguar es que tuvo que irse de viaje y para siempre. Pese a su
tristeza, la pequeña no faltó ni un solo día a la cita diaria.
Dos años después, allí seguía, jugando sola, mirando las
nubes y sonriendo en silencio; ignorando que su verdadera madre había muerto y aún
la cuidaba desde aquel ventanal.
